Hojas

16 mayo, 2010

Luz


Me encontraba en una habitación absolutamente obscura. Aunque mis ojos ya estaban acostumbrados a la ausencia de luz no lograba ver nada, incluso si ponía todo mi esfuerzo en lograrlo. A pesar de mi ceguera impuesta, sabía que en aquella sala no había nadie más. Estaba sola. Sola. Tal y como me siento desde hace mucho tiempo. Irónicamente la habitación refleja mis sentimientos. Me encuentro sumida en la obscuridad, en la amargura, en la indecisión y en la desesperación. Ahora que lo pienso, no es para nada irónico estar en este lugar. De hecho le encontraba mucho sentido.

- Tengo tantos demonios rondando en mi cabeza - Me lamenté

- ¿Y quién no? - Preguntó una voz

Dí un brinco a causa de la sorpresa y casi de forma inmediata agudicé el oído tratando de encontrar el origen de aquella voz. Tan rápido como llegó, el sonido desapareció, sumiendo a la habitación nuevamente en su silencio característico. Suspiré cansada. ¡Me estoy volviendo loca! me reproché.

- ¡Claro que no! Estoy aquí al igual que tú. Pero estás tan pasiva en tu situación, te tienes tanta auto compasión que no eres capaz de ver más allá a tus problemas. No eres capaz de encontrarles una solución, porque así todo te resulta más fácil. Sí, más fácil, y en el fondo lo sabes, pero no lo aceptas, porque eso te haría, según tú, una mala persona. Siempre es posible encontrar la solución a lo que te aqueja, el problema radica, en que las personas sólo ven lo que quieren ver.

Lo que dijo esa voz me cayó como balde de agua fría. ¡Tenía tanta razón! Ya poco importaba si estaba loca o no. Aquello, fuera lo que fuera, me había abierto los ojos en un segundo, en lo que yo me hubiera demorado una vida en descubrir. Era cierto, lo único hago es lamentarme constantemente por lo desdichada que es mi vida. Por el desastre que soy como persona. Y eso sólo provocaba hundirme más en mi propia miseria. Si quería resolver mis problemas, primero debía querer hacerlo, y es en ese punto donde había fallado.

Cuando terminé de comprenderlo, la obscuridad en la que estaba sumida, mi propia obscuridad, comenzó a aclarar progresivamente, hasta que la intensa luz ilumino el último rincón de la sala. Y ya no me sentí miserable. Y pude verlo. Frente a mí se encontraba un ser que nunca había visto, un ser fuera de este mundo, un ser que sólo podía habitar en mi imaginación. Pero no, estaba allí, frente a mi, tan real como yo.

Mis ojos sólo pudieron posarse en aquella parte de su cuerpo. Al mirarla no pude evitar sentirme reconfortada. Y lo entendí. La luz que invadió la habitación, destruyendo todo rastro de obscuridad provenía precisamente de lo que mis ojos no podían parar de admirar. De pronto me sentí plena, cálida y esperanzada, como si cualquier cosa que me propusiera lograría. Esa luz conciliadora. Esa luz fraterna. Esa luz, era su sonrisa.

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